miércoles, 3 de abril de 2013

Psicosis no conmutativa: Un día llamado "Heisenberg".

Psicosis no conmutativa: Un día llamado "Heisenberg".: "Sólo conservamos la sinceridad en el amor y en el asesinato" , Friedrich Dürrenmatt. Hoy ha sucedido por tercera vez en, aproxim...

martes, 2 de abril de 2013

PENSAR EN GRANDE: LAMBORGHINI AVENTADOR

PENSAR EN GRANDE: NUEVA OPCIÓN

lunes, 1 de abril de 2013

El origen de la Inteligencia Emocional


El término Inteligencia Emocional se refiere a la capacidad humana de sentir, entender, controlar y modificar estados emocionales en uno mismo y en los demás. Inteligencia emocional no es ahogar las emociones, sino dirigirlas y equilibrarlas. 

El concepto de Inteligencia Emocional, aunque esté de actualidad, tiene a nuestro parecer un claro precursor en el concepto de Inteligencia Social del psicólogo Edward Thorndike (1920) quien la definió como "la habilidad para comprender y dirigir a los hombres y mujeres, muchachos y muchachas, y actuar sabiamente en las relaciones humanas". 

Para Thorndike, además de la inteligencia social, existen también otros dos tipos de inteligencias: la abstracta -habilidad para manejar ideas- y la mecánica -habilidad para entender y manejar objetos-. 
Un ilustre antecedente cercano de la Inteligencia Emocional lo constituye la teoría de 'las inteligencias múltiples' del Dr. Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, quien plantea ("Frames of Mind", 1983) que las personas tenemos 7 tipos de inteligencia que nos relacionan con el mundo. A grandes rasgos, estas inteligencias son: 

Inteligencia Lingüística: Es la inteligencia relacionada con nuestra capacidad verbal, con el lenguaje y con las palabras. 

Inteligencia Lógica: Tiene que ver con el desarrollo de pensamiento abstracto, con la precisión y la organización a través de pautas o secuencias. 

Inteligencia Musical: Se relaciona directamente con las habilidades musicales y ritmos. 

Inteligencia Visual-Espacial: La capacidad para integrar elementos, percibirlos y ordenarlos en el espacio, y poder establecer relaciones de tipo metafórico entre ellos. 

Inteligencia Kinestésica: Abarca todo lo relacionado con el movimiento tanto corporal como el de los objetos, y los reflejos. 

Inteligencia Interpersonal: Implica la capacidad de establecer relaciones con otras personas. 

Inteligencia Intrapersonal: Se refiere al conocimiento de uno mismo y todos los procesos relacionados, como autoconfianza y automotivación. 

Esta teoría introdujo dos tipos de inteligencias muy relacionadas con la competencia social, y hasta cierto punto emocional: la Inteligencia Interpersonal y la Inteligencia Intrapersonal. Gardner definió a ambas como sigue:

"La Inteligencia Interpersonal se construye a partir de una capacidad nuclear para sentir distinciones entre los demás: en particular, contrastes en sus estados de ánimo, temperamentos, motivaciones e intenciones. En formas más avanzadas, esta inteligencia permite a un adulto hábil leer las intenciones y deseos de los demás, aunque se hayan ocultado... " 

Y a la Inteligencia Intrapersonal como "el conocimiento de los aspectos internos de una persona: el acceso a la propia vida emocional, a la propia gama de sentimientos, la capacidad de efectuar discriminaciones entre las emociones y finalmente ponerles un nombre y recurrir a ellas como un medio de interpretar y orientar la propia conducta..." 
La aparición de la Inteligencia Emocional

En 1990, dos psicólogos norteamericanos, el Dr. Peter Salovey y el Dr. John Mayer, acuñaron un término cuya fama futura era difícil de imaginar. Ese término es 'inteligencia emocional'. 

Hoy, a casi diez años de esa 'presentación en sociedad', pocas personas de los ambientes culturales, académicos o empresariales ignoran el término o su significado. Y esto se debe, fundamentalmente, al trabajo de Daniel Goleman, investigador y periodista del New York Times, quien llevó el tema al centro de la atención en todo el mundo, a través de su obra 'La Inteligencia Emocional' (1995). 

El nuevo concepto, investigado a fondo en esta obra y en otras que se sucedieron con vertiginosa rapidez, irrumpe con inusitado vigor y hace tambalear las categorías establecidas a propósito de interpretar la conducta humana (y por ende de las ciencias) que durante siglos se han dedicado a desentrañarla: llámense Psicología, Educación, Sociología, Antropología, u otras. 

Fuente: http://www.inteligencia-emocional.org/articulos/elorigendelainteligencia.htm

Epicuro, la filosofía en el Jardín (1)


Fernando Rodríguez Genovés

Fuente: Catoblepas

1
El misterio de Epicuro

Para tratarse de un hombre preocupado por el aislamiento, la vida apacible y el bienestar espiritual como condición de calma, Epicuro no pudo evitar que su vida y obra excitaran las llamas de la pasión y la porfía. Traviesa ironía del destino o encadenado de malentendidos: en gran medida, en torno a las variaciones de una posible y razonable respuesta a esta oposición me voy a ocupar en estas páginas.{1}

Comoquiera que sea, y de momento, una primera impresión puede comparecer como inapelable para nuestro examen, la de encontrarnos ante un temperamento misterioso, huidizo, paradójico y desconcertante que palpita tras la nombradía de todo un personaje. Creo que podemos hablar sin exageración del extraño caso de Epicuro y la filosofía, por la razón siguiente: la doctrina que predica, cuyo fin primordial anunciado tiende a procurar en  los hombres paz de espíritu y una vida apacible y sin sobresaltos, se ha visto acompañada desde su anunciación por todo género de afecciones… menos la del sosiego.

Consiguió formar un ejército de seguidores que lo reverenciaban y posteriormente lo elevaron a la categoría de un dios; sus enemigos, en cambio, siempre lo detestaron, fijándolo en la retina como si fuera el mismo diablo. «Vive desapercibido mientras vivas», proclama una célebre máxima epicúrea. Pues bien, pocos sistemas filosóficos como éste han despertado tantos sentimientos encontrados o han alimentado la imaginación y colocado a los hombres ante el azorado dilema de pronunciarse ante el cariz de los postulados del filósofo del Jardín.

Los poetas, bien dispuestos a colorear las cosas con tonos suaves y a pintar el oprobio o la destemplanza con las más tiernas odas, no se ponen de acuerdo a la hora de evaluar las hazañas del filósofo. Unos, como Lucrecio, le dedican encendidos versos de esplendoroso éxtasis, que lo promueven a los mismos cielos:

Nam simul ac ratio tua coepit uociferari
naturam rerum, diuina mente corta,
diffugiunt animi terrores, moenia mundi
discedunt, totum uideo per inane geri res.{2}

Mientras que otros, como el Dante sencillamente lo mandan al infierno:

Suo cimitero da questa parte hanno
con Epicuro tutti suoi seguaci,
che l'anima col corpo morta fanno{3}

Ni héroe ni dios ni villano, Epicuro fue ante todo un hombre doliente y afectado por un irrefrenable pavor por la existencia y el devenir. De tamaño pavor, como por encanto desencantado, florece una filosofía que es una disertación sobre el hombre, el tiempo y la vida, sobre los temores que éstos le reportan… Quizá ningún otro pensador en la historia de las ideas haya sostenido sobre sus hombros el peso oneroso de la pena ni sobrellevado con tanta aprensión la carga del miedo, que acogota el sentido e ilumina la imaginación, como sucede con Epicuro. Con dificultad hallaríamos otro que se haya esforzado hasta la extenuación por desterrar de su ánimo los mayores pánicos que puedan sentirse, dando nombre, al mismo tiempo, a una filosofía asociada a la felicidad y al gozo.

Este Hobbes de la Antigüedad, no busca en el miedo un argumento con el que justificar la sociedad y la política, sino que, por el contrario, se evade de ellas por el desasosiego que le provocan: ambas, más que el efecto del miedo, son la causa. No otro motivo sino la búsqueda de seguridad inspira los escritos y las enseñanzas de Epicuro, el anhelo de refugio guía sus pasos por un mundo que le sobrecoge y que procura expurgar por medio del estudio, la escritura y la iniciación. Escribe, según cuentan sus comentaristas, cerca de trescientas obras, de las cuales se ha conservado una pequeña muestra. Funda una escuela donde trabaja –y hace trabajar– a sus seguidores, abre un Jardín en el que socorre a almas tan desconsoladas como la propia, y a las que ante todo demanda fidelidad a cambio de admisión y hospitalidad; de esta cantera, labrada con la materia que alimenta el pasmo, salen proclamas y ganados miembros de la secta que extienden por el orbe las máximas del prohombre que les instruye, acrecentando el eco de sus palabras hasta nuestros días. Siempre dejando tras de sí una inevitable cohorte de pasiones. Este Kierkegaard de la Antigüedad, experimenta con el mayor dramatismo la vivencia intensa de la existencia, y lo hace con temor y temblor. Sus palabras hablan de placidez, pero el tono que emplea atestigua desesperación.

Y más allá de las emociones que concita, Epicuro pasa por ser el filósofo de la imperturbabilidad, del naturalismo, del Jardín y del placer. A ellos debe gloria y persecución, amores y odios, todo al mismo tiempo. No pocos aspectos de la doctrina epicúrea se acoplan en el sistema que lo sostiene con gran dificultad; hay en ella presentes demasiada incoherencia y sospechosa incongruencia como para dejarlas pasar sin dedicarles un mínimo de atención. Lejos estoy de ofrecer una solución al secreto de Epicuro; cerca me hallo, en cambio, de aproximarme a él para verlo así un poco más claro.



2
Epicuro en tiempos de arrebato

Ciertamente, los acontecimientos históricos que rodean la vida de Epicuro fueron de suma agitación e inseguridad, y si nos dejamos llevar por expresiones de tono melodramático, deberemos reconocer que el tiempo en que vivió no favorecía la efervescencia del ánimo, aunque tampoco expliquen de modo convincente su profunda zozobra. Sí, Epicuro vivió tiempos terribles, mas, ¿cuándo no lo han sido para el hombre? La filosofía epicúrea es contemporánea, entre otras, del estoicismo y el escepticismo, y si bien éstas recogen lo mismo que aquélla el sentir general de la contemplación de un mundo y un modo de vida que se hacen añicos bajo el peso de la Historia y de la perplejidad de una nueva existencia que modelar, no por ello se dejan llevar por la grande desolación y la suma prevención.

El filósofo y emperador romano Marco Aurelio, tradicionalmente encuadrado en las filas del nuevo estoicismo, vive en el siglo II –durante la época denominada por E.R. Dodds an Age of Anxiety (época de Ansiedad o Angustia)– asediado por los bárbaros que le obligan a ocuparse más de lo que hubiese deseado en la dirección de inacabables campañas militares, fue también espectador de una sociedad y un poder en Roma viciados en su raíz y heridos de muerte. No por ello se revuelca en el lodo de la condolencia ni en la desesperación, sino que protagonista activo de su tiempo asiste al ocaso de la gloria con la sensación del que nunca la ha probado, con desengaño y prevención pero nunca con resentimiento ni debilidad, cumpliendo con sus deberes de mandatario, de filósofo y de hombre. Se protege de los zarpazos de la vida, mas no la maldice ni la niega, sino que procura congraciarse con ella y dominarla, en la medida de las fuerzas humanas.

«Acontezca exteriormente lo que se quiera a los que están expuestos a ser afectados por este accidente. Pues aquéllos, si quieren, se quejarán de sus sufrimientos, pero yo, en tanto no imagine que lo acontecido es un mal, todavía no he sufrido daño alguno. Y de mí depende no imaginarlo.» (Marco Aurelio, Meditaciones).

Los hombres no vivimos buenos ni malos tiempos, en absoluto; todos son propicios para el hombre si es capaz de acomodarse a ellos y de relativizar los efectos que acarician la epidermis, o la azotan. No corresponde al hombre decidir el tiempo que le toca vivir, sino fortalecerse a fin de que le toque lo mejor de cada momento.

La Grecia que contempla Epicuro recorre la era helenística, la cual transcurre durante tres siglos, desde la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) hasta el fin de la República romana (año 31 a. C.), un cierre simbolizado en los libros de historia por la derrota de Marco Antonio en la batalla de Actium, para mayor gloria de Octavio. No son, en efecto, instantes benignos. El escenario que vio crecer y florecer la filosofía clásica, la polis griega, y Atenas en concreto, no acoge ya las expectativas del hombre, que se ve lanzado al mundo sin fronteras ni asideros. Las guerras del Peloponeso ya anunciaron el final de un periodo de cierto ensimismamiento narcisista como el que se vivía en los años de la autarquía política. Alejandro con sus conquistas sólo sentencia aquello que estaba anunciado; por no decir sentenciado por el destino.

Para la conciencia del hombre de aquellos años, la política mengua como arte de vivir a medida que crece la autarquía como arte de sobrevivir por sí mismo. Se ve solo frente al mundo y es momento de descubrirse plenamente ante todos. Sócrates había querido preparar al hombre para que cuidara de sí mismo (que no otra cosa es la ética), para que educara y disciplinara la vida interior mediante el ejercicio de la virtud en el marco de la ciudad. Con el cambio de Era, ya no cuenta mucho la ciudadanía, ni se puede vivir en ella ni merece la pena dar la vida por ella.

Diógenes de Sínope, ese «Sócrates enloquecido», se burlaba del cualquier género de patriotismo, grande o chico. Por su parte, Epicuro, ese «Sócrates apesadumbrado», tampoco sabe con exactitud lo que tal término connota. Nace en Samos el año 341, de padres nacidos en Atenas, aunque expulsados de la ciudad debido a las onerosas condiciones impuestas por los nuevos legisladores de la ciudad. Ese sentido de la procedencia escindida e incompleta, heredada pero desahuciada, decide los pasos futuros. La condición de colonos de sus progenitores, y la repercusión en el propio filósofo, componen una experiencia determinante: «Epicuro procedía –como los estoicos– de la diáspora helena.» (Pierre Aubenque). Acude a Atenas el año 323 con el fin de prestar su servicio militar y adquirir así de pleno derecho la condición de ciudadano ateniense. Por entonces muere Alejandro, y Diógenes y Aristóteles no tardarán en seguir sus pasos hacia la postrera morada. Atenas se ve a sí misma arrastrada por la marcha fúnebre, sin grandes pompas ni honras, y también fiel a sí misma y a sus prohombres les acompaña en las exequias, que son también las suyas, les sigue hasta el final, hasta su fin.

Epicuro sólo halla en la ciudad una sombra de la pasada celebridad de ésta, un espectro de lo que fue. Paul Nizan retrata un panorama devastador: «Sangre, incendios, muertes, pillajes: es el tiempo de Epicuro. Atenas es víctima de la miseria política y económica.» (Los materialistas en la Antigüedad). Entre la ley de la ciudad y la ley de la sangre, este personaje trágico, esta versión masculina de Antígona, elige la segunda, que le conduce a Colofón, donde a la sazón habían sido arrastrados sus padres a causa de una nueva expulsión. Nuevas raíces y nuevas decepciones, más experiencias de una vida de destierro sin sentido que informan a Epicuro sobre el significado de la desgracia. Allí se instala durante diez años, periodo en el que comienza a dar forma al aprendizaje de la filosofía.

Desde un primer momento, su instrucción resultó bastante turbulenta y conflictiva. Cuenta Diógenes Laercio (Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres, X, 2), comentando una noticia de Apolodoro el epicúreo, que desde joven, Epicuro fue iniciado en los estudios de filosofía mostrando un gran disgusto por el hecho de que sus profesores no le explicaran convincentemente los fundamentos del Caos según Hesíodo. Antes de la estancia primera en Atenas había tenido noticia del pensamiento de Platón a través del filósofo Pánfilo, pero como nos relata el historiador que más información nos ha transmitido de sus hazañas y palabras, citando en esta ocasión a Timon, Epicuro demostró ser un discípulo «descarado», «malcriado» e «indisciplinado». Durante su estancia en Colofón dio pruebas de que esta descripción no es exagerada.

Resulta que próxima a esta villa se localiza Teos, lugar donde residía Nausífanes, filósofo seguidor de Demócrito. Se ha debatido mucho sobre hasta qué punto influyó el maestro de Abdera en la recepción del atomismo filosófico en Epicuro, pero lo cierto es que sus relaciones no resultaron muy afables. En una carta que se conserva lo distingue con el apelativo de «molusco», y añade: «Era, en efecto, un individuo de mala calaña, que profesaba una doctrina con la que era imposible llegar a la sabiduría.»


Para tratarse de un hombre que se enorgullecía de ser amigo de sus amigos, que se mostraba afable y piadoso en su ámbito próximo y vecinal, Epicuro mostró hacia la humanidad más displicencia que atención: «Jamás pretendí agradar al vulgo. Pues lo que a él agradaba no lo aprendí yo, y, por contra, lo que sabía yo estaba lejos de su comprensión.» Hacia los adversarios filosóficos exhibió, asimismo, una agresividad y fiereza impropias de quien predica mesura y moderación en el alma como medicina de serenidad. Sorprende esta circunstancia, y creo que debe consignarse y reparar en las consecuencias, así como en los motivos, que conlleva, sean estos patentes o disimulados. Porque la intemperancia de los arrimos hacia los demás en el epicureísmo está en el mismo origen del mismo, la cual una vez identificada, podremos darnos una pista para desembocar en el Jardín, allí donde pacen las raíces de la filosofía epicúrea, el secreto de sus razones.

Educado en el platonismo, lo rechaza; a Aristóteles lo menosprecia llamándole «libertino» y «glotón»; el atomismo que profesa renuncia de la herencia de Demócrito, y a Leucipo simplemente lo ignora; a los cínicos los califica de enemigos de Grecia; a los escépticos les obsequia con los epítetos de «ignorantes» e «iletrados» (Diógenes Laercio, Vidas, X, 4). Con los estoicos, en fin, los epicúreos mantuvieron las más crudas diferencias, al tratarse de dos filosofías muy cercanas y por tanto rivales. Por lo demás, al tiempo que presume de ser un esforzado autodidacto, desautoriza la vía de la paideia, que tan alta consideración y obra produjo en la Grecia de los años dorados, por ser superflua y por distraer a los hombres de las verdaderas prioridades. «De cualquier educación (paideia), hombre feliz, huye desplegando la vela más rauda.»

Ello no resulta un inconveniente para que ya en Colofón practique el oficio de maestro de escuela, y protesta airadamente en una carta cuando (supuestamente, Nausífanes) «me insultaba y me llamaba maestro en son de burla.». Tal vez fuese tildado de esa guisa, porque aconteció que en el mismo lugar y por aquellos años, Epicuro concibe el primer proyecto de escuela filosófica, haciéndose rodear de seguidores fieles, sus tres hermanos, con los que compartirá filosofía y apego toda su vida, y demostrando también desde el primer momento que Epicuro no arriesga ni se expone, sino que se protege en los valores seguros.

«La contemplación del prójimo es lo más hermoso siempre que los familiares en primer grado muestren concordia, que es lo que procura un apoyo importante a aquel resultado.» (Sentencias Vaticanas, 61).

Posteriormente, se muda a Mitilene, en la isla de Lesbos, donde la presencia de otros gimnasios rivales le dificulta la tarea de asentarse en igualdad de condiciones y en relaciones de competencia. Epicuro rehúye el conflicto y se traslada a Lampsaco, en los Dardanelos, como última parada antes de instalarse definitivamente en Atenas, el año 306 a.C. Por entonces, ya dispone de suficiente experiencia de la vida, de la sabiduría, de los imponderables y riesgos que conlleva, así como de los necesarios seguidores (Hermarco, Colotes, Metrodoro, Leonteo y su mujer, Temista, e Idomeneo, se le han unido durante el periplo anterior), para poder llevar a cabo el gran proyecto personal e intelectual: la apertura de un centro en Atenas que pasará a los anales con el nombre de Jardín. Allí converge el periplo misionero de Epicuro, forma su leal secta e inicia su misión de salvarse del mundo. Sobre la estructura interna, valor y significado hablaremos más adelante con más detalle, pues es objeto predominante, mas no precipitado, de esta indagación la consideración de dicho ámbito en la filosofía epicúrea.

Notas

{1} El presente artículo reproduce las primeras secciones del capítulo de mi ensayo Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (Síntesis, Madrid, 2001), titulado «El Jardín de Epicuro y sus reservas», págs. 125-152. El resto del texto original será publicado en números posteriores de la revista. He introducido algunos pequeños cambios de orden gramatical y de estilo.

{2} «Pues en cuanto tu doctrina, producto de una mente divina, empieza a proclamar la esencia de las cosas, se diluyen los terrores del alma, las fortificaciones del mundo se abren y vislumbro, a través del inmenso vacío, producirse las cosas.» (De rerum natura, III, 14-17).

{3} «Sus tumbas tienen en este lado, Epicuro y sus secuaces, quienes aseguran que el alma con el cuerpo muere.» (La Divina Comedia, Infierno, X).

sensacional de filosofos: Nietzsche y el caballo.

sensacional de filosofos: Nietzsche y el caballo.: Turín, 3 de Enero de 1889 ese día el filólogo salio de su hotel y al dar unos pasos se percato de una escena en que un cochero daba...

lunes, 25 de marzo de 2013

SOÑAR EN GRANDE: VISUALICE UN PORSCHE 911 CARRERA

Sienta la mejor sensación de verse conduciendo un Porsche 911 Carrera, el sonido del motor; los cambios de velocidades, la estabilidad, el confort. Vea su tecnología, su diseño elaborado para la exigencias de gente exigentes como tú.  Solo tú lo puedes vivir, tus sueños son realidades que aún no se han concretado, no permitas que nadie te la robe.

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Dónde está la gran filosofía?

. El País. 14 de marzo de 2013

Este artículo no es un artículo sino un telegrama que mando a los lectores. No caeré en la tentación de agotar el limitado espacio disponible con nombres de filósofos y títulos de libros. Citaré sólo unos pocos para ilustrar la tesis principal. Y no mencionaré a los españoles porque a todos me los encuentro en el ascensor. Y no porque hubiera decir de ellos cosas poco amables. Todo lo contrario: es una desconcertante paradoja que la ausencia de gran filosofía coincida en el tiempo con la generación de profesores de filosofía más competente, culta y cosmopolita que ha existido nunca, al menos en España, y yo ante ellos, de los que tanto he aprendido, me descubro con admiración. En todo caso temería encontrarme en el ascensor sólo a los no citados.

1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.

En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.

La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.

El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato
Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque de querer parecerse a la ciencia. Los dos últimos libros de filosofía realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy negligentes, áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos los tediosos meandros intermedios que preceden a las conclusiones, ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —Russell, Sartre— merecían el premio Nobel de Literatura.

2 Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser circunstanciales.

La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind (1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.

La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos
de entretenimiento
3 En ausencia de gran filosofía, lo que con el nombre de filosofía encontramos en estos últimos treinta años se compone de una variedad de formas menores que serían estimables y aun encomiables si acompañaran a la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo general que sólo ésta suministra, acusan la insuficiencia de dicha orfandad teórica.

La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.

Esta aproximación revisionista se torna programa en el “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela— y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.

La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general
Cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo, ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos ideológicos ocultos que estarían alienando taimadamente al ciudadano sin que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben —en su trilogía Homo sacer— se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delta de esta impugnación total de la modernidad desembocan por igual, afluentes procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneutas como Gianni Vattimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt) de Imperio (2000). No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas estrategias de dominación analiza Naomi Klein en No logo (2000). Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos antiglobalización, algunos de gran difusión.

A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han llevado a una segunda madurez.

El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.

Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía
4 La tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar este resultado deficitario.

Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.

La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo.

Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.